Fue  el  12 de febrero de 1993, o tal vez no. Creo que ese día decidí ser guionista…  Mis huesos no soportaban más de 88 kilos y mi cabeza lucía una estupenda cabellera rizada con algunos claros, casi imperceptibles, pero que con el tiempo le darían la razón al gen autosómico dominante, que me quedaría calvo vamos.  En aquella época tenía bastante mitificada la figura del guionista, tanto de televisión como, por su puesto, de cine.  Buena culpa de ello la tenían mis lecturas sobre autores como Eugene ValePaddy ChayeskyErnest Lehman, o  Pat Macgilligan  y su series de libros “Backstory” Cuando podía y tenía, me compraba libros que hablaban de guión, de guionistas, anécdotas, etc.

Ni que decir tiene que, para mi, el guionista era una figura romántica que yo, desde mi propio desconocimiento, identificaba con señores/as que  se reunían en restaurantes y/u hoteles, que bebían mucho, escribían por encargo, viajaban para documentarse y  escribían con Olivetti o la mítica Underwood.  Con el tiempo, sólo con el tiempo, me di cuenta de que en algunos aspectos realmente es así y en otros, la mayoría, simplemente no lo es.

Cada uno se forma en la mente la imagen perfecta de su mito y después, con un simple vistazo, el mito cae con tal estruendo de decepción que volver  subirlo al pedestal es ya imposible. Algo así me pasó a mí con la imagen del guionista.

Mi imagen del guionista se desmoronó poco a poco, me desengañé  y no sólo cuando empecé a trabajar con guionistas profesionales donde, salvando honrosas excepciones, me encontré con  los que más allá de las ganas de escribir, de contar algo, de expresar de una forma creativa unas ideas o simplemente de plantear en un papel su forma de ver un tema o una historia, convertían la profesión de guionista de televisión/entretenimiento en un híbrido entre redactor y guionista, quitándole todo el valor a un trabajo creativo que implica esfuerzo, horas, dedicación y ganas. Me encontre con  funcionarios de la entradilla, administrativos del  formato televisivo, cajeros del sketch, genios de todo cien con ideas tan rancias como sobre valoradas y Zombis de redacción con el seso sorbido por el director de turno, ese tipo de director que te dice que para él “un guionista sólo es un redactor que escribe mejor”.

Pero lo peor no fue eso, lo peor es que cuando realmente me di cuenta de que los guionistas no eran tal y cómo yo me los había imaginado en esa ensoñación romántica y mitificada del que escribe algo para que otro se ría o lloré o simplemente pase un rato entretenido,  fue cuando conocí a otro guionista profesional que sin darse cuenta había caído en los mismos pecados  que los demás. Aquel guionista era yo mismo. Eso fue el 21 de abril de 2005, o tal vez no. Ese día decidí cambiar.

El 12 de enero de 2006, a las 10 de la mañana, o tal vez no, conocí a otro guionista al coincidir en el programa donde creo que mejor me lo he pasado de todos y donde hicimos algunas de las cosas más frikis y bizarras que nunca hayamos hecho y creo que hagamos. El programa era U.V.E. (Unidad de  Visionado Especial) y el otro guionista con el que compartí tres años de profesión en Cuarzo, y espero que muchísimos más de amistad, es Luis Sánchez-Polack (No, ese no,  el sobrino nieto) Mi primera reacción al ver la lista del equipo y leer el nombre del otro guionista  fue preguntar a la directora, Teresa Calpe, si para contratar al otro guionista habían hecho una prueba o directamente una güija, vale, tal vez era de mal gusto, pero cuando se lo comenté a él, se rió.

A medida que fui conociendo a Luis me demostró que es un escritor de historias e imágenes magnífico, un guionista con mucho criterio a la hora de elaborar un formato,  además de un excelente humorista literario. Pero sobre todo, Luis, es un defensor  de la profesión de guionista hasta el extremo. Lucha con uñas y dientes por su profesión y eso, en ocasiones, le ha traído problemas.

Para muchos el que alguien defienda su trabajo y lo valore hasta el punto de entrar en conflicto profesional con su superior significa que ese alguien es problemático, cuando el problemático es el profesional que se reclina sobre lo establecido, el que humilla como un toro ante la muleta o el que, a fuerza de pisar talones, ahora pisa pies,  pisa caras y a compañeros. Luis lucha por sus ideas y por su trabajo de una forma que ya la quisiera Leónidas.

Luis, para mi yo del 12 de febrero de 1990, es uno de aquello guionistas que mitifiqué en su día.  Alguien que lleva al extremo su defensa por la profesión en el día a día, más allá de las reivindicaciones, hasta hoy inútiles por lo menos para los guionistas de entretenimiento,  que sindicatos con alma o sin ella se dedican a hacer. Luis es un guionista de los  que convierten sus textos y sus ideas en escudo y espada para luchar contra el enemigo de turno, defendiendo  su profesión de la única manera en que  lo puede hacer un guionista.Con sus ideas.  Porque si un guionista no defiende sus ideas, ¿qué otra cosa le queda en una industria en la que ni tan siquiera somos dignos de firmar en la mayoría de programas en los que trabajamos?

Alguien dijo que la grandeza y la miseria del guionista es tener ideas brillantes que cuando se las cuenta al director dejan de ser suyas. Yo no estoy de acuerdo. La grandeza del guionista es tener ideas y defenderlas y la miseria, es no hacerlo.   Ese alguien lo dijo el 16 de Marzo de 1957, o tal vez no.