Mi admiración por Groucho Marx solo es comparable con la admiración que le tengo (al igual que él en su día) a quien fue su gran amigo y, en ocasiones guionista, George S. Kaufman. Ambos eran increíblemente divertidos, rápidos en la respuesta ingeniosa y muy inteligentes. Ambos, además, eran judíos y ambos odiaban profundamente a quien se convirtió en el verdugo de los suyos; Adolf Hitler. Pero hoy escribiré sobre Groucho. Sobre una anécdota que se aleja mucho del perfil humorístico del genio. Ya habrá tiempo de hablar del gran Kaufman.

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Caratula de la edición en DVD del programa You bet your life

Esta entrada, como habréis adivinado por el título, no va de humor, no va de la increíble imaginación de Groucho Marx para saber cuándo y cómo colocar el chiste, va de orgullo, de rabia y de venganza que Groucho Marx, convertido en quien siempre fue, Julius Henry Marx, protagonizó en el verano de 1958.

En ese verano Groucho y el directo de su mítico programa (primero de radio y luego retransmitido por televisión) You bet your life, Robert Dwan estaban de gira por Europa durante seis semanas. A ambos les acompañaban sus respectivas hijas. Judy, de 17 años e hija de Robert, hizo funciones de niñera de Melinda, de 12 años e hija de Groucho.

La relación de Groucho con su madre siempre fue muy cercana y fue gracias a ella que la carrera del grupo de hermanos emprendió un camino hacia alguna parte, en concreto a alcanzar las más altas cuotas del estrellato (que no de la miseria). La idea de Groucho al llegar a Alemania era enseñar a su pequeña hija Melinda la población de Dornum, donde había nacido su abuela. A su llegada a la pequeña localidad entraron en un bar y preguntaron por el cementerio de la ciudad. Los habitantes de Dornum, unos 5000, nunca habían oído hablar de los hermanos Marx y la petición de esos extranjeros les resultó un tanto extraña. Finalmente salieron del local acompañados por un par de vecinos que les llevaron colina abajo, donde se encontraba el cementerio.

GROUCHO Y MELINDA

Groucho y su hija Melinda

El pequeño grupo, compuesto por 6 personas, llegaron al cementerio de Dornum de muy buen humor, pero la sonrisa se les borró al poco de entrar y descubrir que toda la zona donde se encontraba la sección judía había sido destruida por completo. Visitaron la iglesia para encontrar los registros de enterramiento de los familiares de Groucho y de sus abuelos, pero no había ya ni rastro. Los Nazis no solo habían hecho desaparecer a las personas, también cualquier rastro de que hubiesen existido en algún momento. Ninguno de los antepasados de Julius Henry Marx parecía haber existido. Le habían robado no solo sus raíces también la posibilidad de mostrarle a sus descendientes den dónde venían.

Unos días después, Groucho, los cuatro acompañantes y el chófer de estos se dirigen a Berlín oriental para visitar los restos del búnker donde Adolf Hitler se suicidó y, tal y como ordenó fue incinerado junto a Eva Braun. Durante el viaje y los días anteriores, el comportamiento de Julius H. Marx había cambiado mucho, su habitual actitud socarrona y divertida se había convertido en un continuo enfurruñamiento, un autentico gruñón (Groucho) cuyo comportamiento distaba mucho del que solía ser normal en él.

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Las ruinas del búnker de Hitler

A su llegada al Führerbunker unpanorama desolador les contemplaba. Si un observador ajeno a la historia hubiese mirado por alguna fisura del tiempo diría que la Segunda Guerra Mundial aún no había acabado. Las ruinas del búnker de Hitler, construido por la empresa contratista Hochtief AG el 23 de octubre de 1943, se levantaban unos 6 metros sobre el suelo. Todos se quedaron mirando el montón de escombros preguntándose qué hacían allí, por qué Groucho había pedido al chófer ir hasta ese lugar. Pronto lo descubrieron, ellos y un grupo de curiosos que por allí pasaban.

Groucho subió a la cima del búnker y ante la mirada atónita, respetuosa y conmocionada de sus acompañantes empezó a bailar un Charleston de forma frenética que duró no más de dos minutos. Nadie rió, nadie aplaudió, todos entendieron perfectamente lo que estaba pasando en aquel lugar, todos menos la pequeña Melinda, que había visto a su padre hacer eso con una sonrisa en los labios para entretenerla pero, ahora, papá no sonreía, parecía que una lágrima le caía por la mejilla hasta el lugar en que, en sus tiempos de bodevil y cine, se pintaba el bigote, el lugar que ahora ocupaba un bigote de verdad, sobre unos labios en una mueca reprimida de rabia, odio y por encima de todo, de satisfacción.

Cuando acabó su baile, bajo del búnker, pasó junto a sus compañeros, cogió la mano a su hija y se metieron en el vehículo. Se podían ir de Alemania, Groucho había ido a ver a sus antepasados y acabó haciendo algo que a aquellos les hubiese encantado. Aquel día del verano de 1958, mientras el mundo reía con el humor de Groucho Marx, Julius Henry Marx bailó sobre la tumba de Hitler. Y dicen que bailó muy bien.

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